Pia Andersen

Describiendo el mundo como color

 

1993, exposición monográfica, "Skejten Sten" (Piedras de Skejten), Galerie Moderne, Silkeborg, Dinamarca. - Texto: Peter Michael Hornung, Crítico de arte en el periódico danés, ¨Politiken¨.



A través del artista el cuadrado que constituye el cuadro se contagia de la naturaleza. Y se contagia en tantas maneras como hay acceso artístico a lo visible. Sería erróneo decir, que Pia Andersen pinta, como si el color fuera meramente un medio para definir una forma o para organizar una experiencia. Da un paso más allá. Convierte el medio en meta: Pinta el color mismo, su materialidad, su estructura. Por medio de los colores que elige toma la temperatura de sus impresiones. Y acude a la naturaleza en el momento de elegir sus colores.

Sus medios no son los colores bien definidos y unívocos que componen el arco iris, o los que se conocen del espectro solar. Dicho de otra manera, no son los colores cuyos nombres todos sabemos muy bien. Con gran esmero, la artista va creando colores que son ambiguos, que son de doble sentido, y van apareciendo colores mezclados que jamás son de un sólo nombre, ni de un sólo timbre.

Los colores de Pia Andersen se originan de una sensación que ha experimentado en otra parte del mundo, ajena al hogar de la artista, y que va creciendo conforme a su exploración de ella. Preñado de mucho más que el pigmento, el color revela un asunto intenso entre algo, que ha percibido o sentido en un ambiente o en cierta mentalidad. El color es una memoria intencificada y condensada de algo que ha visto la artista, de una impresión o de una experiencia.

Algunos artistas se establecen en un sólo lugar, encuentran una sóla ciudad, una sóla comarca, y van explorando tales lugares, hasta que lleguen a ser como parte no solamente de su ser, sino también de sus obras. Este no es el caso de Pia Andersen. Se mueve constantemente entre lo cercano y lo lejano, entre lo conocido y lo desconocido. Desde la adolescencia, ha sido algo natural en ella alejarse de su tierra. El viaje representa la posibilidad de alejarse de limitaciones circunstanciales y de impresiones conocidas. El viaje también puede ser una estrategia para buscarse a sí mismo, para buscar unas experiencias, que puedan liberar potenciales ocultos u olvidados.

El desarrollo de Pia Andersen como pintora está íntimamente relacionado con sus viajes al otro lado del Atlántico. Muchos artistas jóvenes de su generación han ido a Alemania, España, París o Nueva York en busca de retos. El hecho de que Pia Andersen haya escogido ir a Latinoamérica pudiera ser resultado de un deseo explícito de ser diferente, de destinguirse de su generación. No lo es, sin embargo. Ha ido explorando países como México, el Brasil, Argentina y Chile como si ella estuviera predistinada para explorar exáctamente aquellos lugares. Además, Pia Andersen se ha hecho amiga de artistas en aquella parte del mundo en mayor escala que con artistas europeos, y esta es otra razón más para seguir volviendo a América Latina.

A pesar de la importancia que tienen los viajes para la obra de la artista, ella misma distingue claramente entre la parte de su actividad que consiste en buscar nuevas impresiones y retos en otros países, y el trabajo con las obras. Es decir, el proceso de trabajar con las múltiples impresiones y transformarlas en obras de arte. Pia Andersen jamás pinta durante sus viajes, toma notas, saca fotos. Nada de esto presume ser obras de arte. Por lo menos, no exhibe nunca ni su notas, ni sus bocetos. Es hasta que se encuentre otra vez en su estudio en Copenhague que empieza el trabajo con todo el material que se lleva de sus viajes.
Desde muy joven el viaje parece haber sido para la artista una estrategia para deshacerse de lo trivial y lo previsible. Gracias a una beca pudo ir a la Academia de Arte de Cracovia en Polonia, en donde estudió dos años. La estancia en Polonia fue un encuentro con un ambiente artístico mucho más conplejo y conflictivo que el ambiente artístico de su propia tierra. Los primeros años de los 80 fueron años bastante difíciles en Polonia. El ejército había implantado estado de excepción, había censura y era sumamente difícil organizar exposiciones que no fueran aplaudidas por el Estado. Una joven artista llena de curiosidad no tenía ningún interés en las exposiciones permitidas por el Partido Comunista de Polonia, sino le intresaban aquellas que se hacían clandestinamente. Había que pensar en otra manera para seguir desarrollándose. Ya que no había acceso fácil a los medios de trabajo tradicionales, había que buscar otros materiales, había que buscar otras soluciones. Sin embargo, se nutrió Pia Andersen bajo estas condiciones de múltiples limitaciones. Las vio la artista más bien como retos nuevos.

El color fue prácticamente ausente en las primeras obras de la artista. O con las palabras de la artista misma: “Los colores de mis primeras obras eran colores muy nórdicos”. Eran colores muy suaves, principalmente blanco, tonos grises y, cuando muncho, una mancha de color primario.

Esto cambió radicalmente después de la estancia en México de 1988 a 1989. Esta estancia impregnó su mente de toda una serie de impresiones que exigieron ser transformadas en un colorido mucho más potente. Lo descolorido fue reemplazado por colores fuertes, especialmente el color azul. El uso del azul no se debía simplemente al hecho de que muchas casas mexicanas estén pintadas de ultramarino. También se debía a la intuición, al sentimiento, ya que la mentalidad mexicana, comparada con la de otros países latinoamericanos, parece ligeramente más reservada, más fría. Sin embargo, era importante para la artista relacionar el color azul con el clima, es decir, añadir algo cálido al color azul, y por eso lo fue matizando con otros colores. Todo esto fue muy obvio en una serie obras que exhibió en la Sala de Exposición del Municipio de Copenhague, Nicolaj, en el año de 1990.

Después de una estancia prolongada en el Brasil de 1990 a 1991, se introdujo también el color rojo. Otra vez, se trató de una sensación intuitiva del ambiente. Pia Andersen pasó bastante tiempo en la ciudad Salvador de Bahía cerca de la costa en el noroeste de el Brasil. Allí el clima es subtropical, la tierra es roja y alfombrada de flores, la indumentaria de la gente es predominantemente roja y de otros colores agresivos, la comida es picante y el calor casi hiere la piel. Como tantas otras veces, fueron sus ojos en combinación con su instinto que decidieron qué colores había que elegir.

Un líquido, tomemos como ejemplo un buen vinho tinto brasileño, no tendría valor, se desperdiciaría, si no estuviera contenido en un barril, en una botella, en una copa: en algo. Algo parecido pasa con el color como sustancia. No tiene sentido sin limitación, sin extensión. Requiere del contorno de una forma o de unas dimensiones para poder ser valorado – o como color en sí, o como color en relación a otros colores. El “esqueleto” trazado en las obras de Pia Andersen es igual de sencillo y reductivo que el timbre colorido que la artista va desarrollando a partir de sus impresiones. Las formas son predominantemente verticales u horizontales en una composición bastante sencilla. En América Latina la artista ha pasado largos ratos en las ciudades, y la ciudad, según ella, inspira al concepto simétrico de la forma. La simetría puede consistir de triángulos, o  surge de cuerpos geométricos, rectángulos, de contornos borrosos, inspirados en la arquitectura. La simetría sustenta la composición del cuadro. Limita y une los colores y tiene una función estabilizadora. Así el cuadro adquiere un equilibrio apacible y una tranquilidad llena de harmonía, y hace que se presente con un carácter casi sacral.
Lo que parecía una ley en el trato de la artista con la naturaleza cambió, cuando el año pasado pasó unos meses en la casa “Skejtehuset” en Lolland, una de la quinientas islas que componen Dinamarca. Aquí el ambiente era otro y muy distinto de las metrópolis como la Ciudad de México, Río de Janeiro o Sao Paulo. Ya que, generalmente, los viajes dejan huellas muy obvias en sus obras, es posible, por medio de la sintaxis de los cuadros, vislumbrar la influencia también de la naturaleza. Pia Andersen pasó los meses marzo, abril, mayo y junio de 1992 en “Skejtehuset”. En estos meses casi no llovió, así que se secó el pasto y la tierra se agrietó a falta de agua, y todo esto, claro, influyó sobre los colores del lugar. Eran colores suaves, machitados. Sin embargo, las obras que pintó Pia Andersen en aquel lugar están impregnadas de unos colores mucho más ricos que los colores de los cuadros que pintó después de su viaje a México.

En la isla Lolland el paisaje es único. Las praderas están llenas de árboles y enormes piedras polígonas. Bajo la influencia de sus impresiones de este paisaje, Pia Andersen introdujo una administración mucho menos simétrica de los elementos de los cuadros. Además se nota la influencia de las múltiples piedras pesadas. En los cuadros, las formas de las piedras luchan con los rectángulos en un intento de abarcar y de definir los colores. Ya los contornos de una piedra queda detrás de un rectángulo, ya delante. A veces, el cuadrado no es sino un marco, un dibujo, que surge de una pausa en el color. Las figuras no son jamás meremente cuadrados. Son un eco de los formatos dominantes de los cuadros que son también rectángulares.

La influencia de la pintura constructivista es obvia. Sin embargo, el arte que produce Pia Andersen, no surge de ideas abstractas. No se deja guiar por prejuicios sobre qué está “bien” o “mal” en el trato con el tema de la naturaleza en el arte.

Los colores de los cuadros de esta exposición simpre están contiagiados de otros colores; la superficie aparece manchada, empapada y traslucida. Las líneas jamás son rectas. Están esbozadas a mano suelta, y la espontaneidad poética confirma que el lenguaje silencioso de la obra no abarca ni lo difinitivo, ni lo rígido. Se puede decir que la espontaneidad es la que da lugar a la materialidad viva de los cuadros y a la conciliación entre lo visible y una naturaleza variable. Es la que hace que los cuadros respiren libremente de acuerdo con su punto de partida orgánico.

La naturaleza forma parte del ser de los cuadros y está presente en la inquieta materialidad de la superficie, que a la vez aparece sumamente táctil. Si uno no logra percibir los múltiples matices del color por medio de la vista, bastaría utilizar el tacto. Antes de aplicar el color, la artista prepara el lienzo llenándolo de papel que ella misma fabrica. A menudo, es papel grueso, velloso y podrido. Sin embargo, también puede ser papel liso. Y la artista no solamente utilza pincel, sino también espátula al aplicar el color. No hay mucha diferencia; aún así es percibible. La materialidad heterogénea del papel le da carácter al color y ayuda a crear los miles matices del color.

El papel constituye el fondo, ahora como antes. En sus primeras obras el papel era blanco, sin manchas. Con los años el papel se ha ido empapando de color del ambiente, chupando el color igual que chupa agua una esponja. Los cuadros no imitan la realidad, de donde han surgido. El color es la síntesis de las experiencias – y forma la identidad de los cuadros