Pia Andersen

Sobre el azul de la eternidad  y otros temas en la pintura de Pia Andersen

1994, "Flecha Azul", exposición monógrafica, Storstrøm Kunstmuseum, Maribo, Dinamarca, Hjørring Kunstmuseum, Dinamarca, y Kunsthaus, Lübeck, Alemania. -
Texto: Niels Ohrt, Historiador del arte, Director del museo Storstrøm, Dinamarca.


En lo alto de las bóvedas de los templos antiguos, en las iglesias italianas de los primeros tiempos de la cristianidad, y en las iglesias francesas de la edad media, se filtra la luz por los colores rojos y azules de los mosaicos. En aquellos tiempos dichos colores eran de origen celestial, de origen divino; los temas de los mosaicos eran todos religiosos. La intención de esta combinación era dirigir los pensamientos y los anhelos de los filigreses hacia la luz inconcebible, Dios. El color y la luminosidad del color son un medio místico a través del cual el ser humano podía entrar en contacto con lo supremo.

En las iglesias antiguas uno está forzado a inclinarse hacia atrás para ver hacia arriba. Esto no es necesario cuando uno se encuentra delante de las obras de Pia Andersen. Están delante de los ojos de uno y en su abstracción no revelan ningún lenguaje cristiano. Sin embargo, contienen los mismos colores que los antiguos mosaicos. Los colores predominantes en las obras de Pia Andersen son el utramarino profundo y el carmín o colores similares. Porque los colores no son ni homogéneos ni unívocos; más bien están enriquecidos de matices afines, azul real, sèvres y cadmio y, a menudo están aplicados sobre otros colores muy distintos cuyos reflejos son perceptibles en la superficie de las obras. La artista aplica el óleo en capas pastosas, pero jamás cubriendo por completo la superficie, y con un cuchillo va raspando en las capas para dejar lucir los colores de las capas de más abajo. Como movido por un hálito leve cambian constantemente los matices en los cuadros de Pia Andersen y asemejan las vibrantes membranas de luz en los mosaicos de otros tiempos.

La profundidad, los tonos y la vida dan al color un carácter cálido, hasta el color azul, tradicionalmente un color frío, y esto en combinación con las múltiples capas vagamente perceptibles invita a los que observamos las obras a adentrarnos en la luz y al espacio del color. Se tranquiliza la mente y se olvida uno de si mismo en un silencio que, tal vez, sea lo más cercano a una experiencia religiosa a la que puede uno llegar en una cultura mundana y secular como la nuestra. Bien puede ser que Matisse fuera demasiado prosáico cuando decía que el arte bueno era comparable con el reposo en un sillón agradable. La dimensión espiritual en la obra de Pia Andersen no es de ninguna manera intencional, sin embargo la busca intuitivamente, y la muestra es su predilección por el color azul, el antiguo color de la espiritualidad. El fondo azul en la temprana pintura del renacimiento italiano que fue retomado por el gran pintor danés, Vilhelm Lundstrøm, quien le dio el nombre de “el azul de la eternidad”, la flor azul como símbolo del anhelo en el romanticismo alemán, el color azul real de la capa de la Virgen María en los cuadros de la edad media son muestras de una historia larga del color azul al servicio de la espiritualidad cuyo origen es la elevación de la mente que siempre se ha dado en el ser humano al contemplar el cielo.

La comparación entre los colores que utiliza Pia Andersen y los que usaron los antiguos maestros en los mosaicos no significa que la inspiración de la artista sea de ahí. La inspiración la tiene de otras fuentes y su predilección por el color azul se debe a experiencias vividas por la artista. En sus primeros cuadros de la mitad de los años 80 los colores están prácticamente ausentes, son cuadros “muy nórdicos”, según la artista, pero esto cambió después de sus viajes a América Latina. La artista pasó muchos meses en México en 1988/89 y luego estuvo en el Brasil de 1990 a 1991. En la historia del arte de los países nórdicos hay múltiples ejemplos de la influencia del sol de Europa del Sur sobre el uso del color. Lo mismo se puede decir de Pia Andersen. Las casas de color ultramarino de México, las flores y las montañas rojas del Norte de Brasil, el calor brasileño, la cocina variada de México y otras muchas experiencias de aquella parte del mundo han jugado un papel importantísimo para que la artista se deshiciera del puritanismo y tuviera valor de entregarse al mundo de los colores. Sin embargo, Pia Andersen no concibe los colores que utiliza ahora como específicamente “latinoamericanos”. Para ella los colores candentes y cálidos son más bien la esencia de un ambiente sensual del sur: El lenguaje, el calor, la comida, la indumentaria, la música y, por supuesto, los colores. Mezclando todos estos ingredientes sale un cocktel compuesto de colores rojos muy fuertes, colores azules, anaranjado y, últimamente, también el amarillo y el verde. Los nombres castellanos de personajes y lugares que aparecen ahora en los títulos de sus cuadros son más bien alusiones llenas de poesía a ambientes exóticos que expresiones de experiencias concretas.

Las experiencias de Latinoamérica o mejor dicho de un ambiente del sur también han influenciado sobre la materialidad que hace que los planos colorados de Pia Andersen sean tan concretos y tangibles que dan ganas de tocarlos, un efecto que ella por un tiempo acentuó por medio de aplicar el color sobre papel arrugado que previamente había pegado al lienzo. Cuando viaja la artista saca muchas fotos de color. No son fotos de gente o de paisajes, sino fotos de cortes o de partes de edificios: Un muro, una pared, una ventana, una puerta, deteriorados y gastados por el uso. En sus fotos revela lo bello y lo poético de lo curtido igual que otro gran artista danés, Preben Hornung. Sin que sus superficies de materialidad sean copias de una realidad concreta, se nota que los intereses de la fotógrafa y de la artista son los mismos. Para descubrir la poesía de la decadencia no necesario ir a América Latina. También se deja descubrir en un patio interior de Copenhague en donde la artista actualmente tiene su estudio. Preben Hornung encontró la inspiración en las calles agrietadas del centro de Copenhague o en un muro desconchado de Estocolmo. Pia Andersen, sin embargo, necesita de un ambiente más sensual para aguzar la atención y para poder descubrir lo mismo. O casi lo mismo, mejor dicho, ya que la belleza de la decadencia parece ser de otro carácter más noble en la obra de Pia Andersen, esta belleza de la decadencia de edificios que son el resultado del amor y de una destreza suprema de una sociedad, ya sean la arquitectura espléndida de los mayas o casas coloniales de otras comarcas. 

La espaciosidad que surge de las múltiples capas de color en la obra de Pia Andersen también es “raison d´etre” de la estructura que junta los planos de color en un dibujo organizado. Según otro pintor danés, Harald Giersing, el marco es el medio más eficiente de un cuadro y sus bordes son a menudo la única forma unificadora para los que cultivan el color. Sin embargo, no basta para Pia Andersen. Igual que un panorama muchas veces parece más intenso visto por el marco humilde de una ventana la fuerza de los colores en la obra de Pia Andersen se acentua al ser sometida a una forma bien definida. La estructura de sus cuadros es de carácter geométrico u orgánico y a primera vista parece sencilla con sus rectángulos, sus cuadros, sus triángulos y últimamente también con el bosquejo de una piedra. Pero otra vez la primera vista engaña. Las formas se sobreponen, se desplazan, cambian de color, aparecen y desapacen en el proceso, igual que los contornos que de pronto se independizan e indican un plano transparente. El resultado es una interacción complicada e incalculable que intensifica el viaje de la mente hacia las profundidades del color.

En las obras tempranas de la artista, esta estructura espaciosa era predominantemente geométrica; consistía de triángulos y rectángulos y con mayor uso de los rectángulos en íntima interacción con el formato del cuadro. El interés de la artista por la geometría se basa en su interés por la arquitectura; sin embargo, no es la arquitectura como estilo, sino más bien como una forma bien definida. En sus fotos de arquitectura de sus múltiples viajes se ven sólo las partes de los elementos de los edificios que subrayan su forma abstracta y uno las ve prácticamente como esculturas geométricas.

Fue atacado el predominio de la geometría, cuando en la primavera de 1992 Pia Andersen se fue a vivir y a trabajar en la casa “Skejtehuset” junto a la hacienda Fuglsang en Lolland, una de las quinientas islas que componen Dinamarca. La casa está situada junto a la península Skejten que ha pasado a la historia del arte de Dinamarca ya que también artistas como Oluf Hartmann y Olaf Rude han plasmado el paisaje de la península en varias obras famosas. El paisaje es predominantemente de la edad paleolítica y consiste de praderas húmedas sobre las cuales se erigen piedras monumentales y robles inmensos y majestuosos. Estos últimos fueron inmortalizados por Olaf Rude en sus cuadros famosos para el parlamento danés, mientras Pia Andersen se interesó más bien por las grandes piedras en forma de elipse o polígono. En los cuadros que pintó después de su estancia en Skejten los contornos sencillos de las piedras compiten con los rectángulos para encerrar el color, a la vez que introducen una interacción enriquecedora en los cuadros de la artista: Ingravidez contra gravidez, densidad contra transparencia, y en cuanto al contenido: natura y cultura.

En las obras más recientes las impresiones de las piedras se mezclan con la geometría dando lugar a una forma híbrida. Sin embargo, aparecen tambíen formas orgánicas. En ambos casos se trata de formas que yacen con pesadez sobre el lienzo extendiendo el formato. Sin que la artista haya renunciado a la complejidad del espacio, la sencillez y la grandeza son notables en estas obras. Tienen algún leve parecido con las construcciones poéticas del pintor francés-ruso Serge Poliakoff; de hecho la artista acaba de ver por primera vez una exposición de este gran artista congenial. Cuando se siente bastante solo respecto a la manera en la que se expresa uno, tales encuentros pueden proporcionarle a uno un grato sentimiento de pertenecer. En todo caso, Pia Andersen no está sola en su lucha seria con los problemas que presentan en sí la pintura; hasta se puede, tal vez, vislumbrar una tendencia nueva que sustituye los excesos filosóficos y artísticos de la pintura salvaje.

En las piedras poligonales o en forma de elipse de Skejten la geometría está presente en la naturaleza, pero también hay un proceso al revés. En los cuadros de Pia Andersen la geometría nunca perteneció al reino perfecto y estático de las ideas, sino que dan la impresión de estar presentes en el mundo imperfecto y vivo de las sensaciones. Siempre ha dibujado sus rectángulos, sus cuadros y sus triángulos a mano suelta, y la sensibilidad de pronto cobra presencia cuando los contornos vacilantes de los rectángulos se ponen en camino por sí solos y casi se hunden en la masa de los colores. La geometría es un proceso inestable como lo es casi todo en las obras de Pia Andersen: Los colores; hay un color y muchos colores; la superficie es a la vez plana y profunda; las formas orgánicas que encierran la geometría, y la estructura de los cuadros que es a la vez sencilla y compleja. En esta inconstancia las obras de Pia Andersen respiran como una parte de la vida, como una imagen de la naturaleza que engendra vida nueva o como decían los maestros de la antigüidad “natura naturans” – el principio que da vida.